Ofensiva neoliberal y resistencias populares

Ofensiva neoliberal y resistencias populares: una contribución al debate colectivo sobre el presente y el futuro de los proyectos emancipatorios en Nuestra América

Por José Seoane

Neoliberalismo: aparta de mí ese cáliz

Resulta indiscutible que Nuestra América -latina, caribeña, indígena y afrodescendiente- atraviesa un nuevo momento histórico, un período de transición signado por los avances de la ofensiva neoliberal; los límites, reflujo o crisis de los procesos de cambio; y el despliegue de un nuevo ciclo de luchas de los sujetos subalternos. El intento de su caracterización, particularmente la identificación de las causas, desafíos y tendencias que plantea, ha sido en los últimos años uno de los tópicos principales de las reflexiones del pensamiento crítico latinoamericano y del debate de los movimientos sociales y políticos transformadores. Desde el 2013, con las masivas movilizaciones en Brasil cuestionadoras del gobierno de Dilma Rouseff, y particularmente luego, con los ajustados triunfos electorales del PT y el FA en Brasil y Uruguay en 2014 y un escenario gubernamental a nivel regional cada vez más teñido del giro conservador, se planteó y desplegó un debate sobre la consideración de estos procesos en términos de un “fin de ciclo” de los “gobiernos progresistas” (Zibechi, 2014).
La relevancia de esta discusión regional sobre el “fin de ciclo” se reflejó en el lugar central que dicha temática ocupó en las diversas plataformas y publicaciones propias del campo del pensamiento crítico latinoamericano hacia fines de 2015; por ejemplo, entre otras, en las web de Rebelión y ALAI (ALAI, 2015; Arkonada, 2015a y 2015b; Boron, 2016; Gaudichaud, 2015; Katz, 2016; Modonesi, 2015; Sader, 2015; Zibechi, 2014 y 2015). Sin embargo, sus contribuciones a la comprensión de los procesos en curso quedaron muchas veces opacadas por la polémica entre la crítica y la defensa de los rumbos gubernamentales in toto, aunque análisis más sugerentes plantearon abordar el debate desde la consideración de “reflujo del cambio de época” o, desde otra perspectiva, del “fin de la hegemonía progresista” (Modonessi, 2015; Arkonada, 2015a; Gaudichaud, 2015). Los acontecimientos de los últimos seis meses; el triunfo electoral de una coalición derechista en Argentina; el éxito del golpe parlamentario en Brasil; la derrota del PSUV en las elecciones parlamentarias en Venezuela; la derrota en el referéndum habilitante de la reelección de Evo Morales en Bolivia; parecieron dar razón a los diagnósticos del fin del ciclo progresista en Nuestra América.
Sin embargo, como lo señalamos en oportunidades pasadas, consideramos aún que dicha caracterización dificulta la consideración colectiva de la complejidad de los procesos en los que estamos inmersos (Seoane, 2014). Esta opinión se sustenta, entre otras cuestiones, en primer lugar, en razón de que dicha perspectiva tiende a restringir la visión de los cambios y sus causas al campo del régimen político y el Estado, ciertamente importante pero cuyas dinámicas no pueden comprenderse en sí mismas sino en referencia a sujetos (por ejemplo, las clases y sus fracciones o grupos sociales) y conflictos que se constituyen y despliegan también, e incluso a veces particularmente, en otros ámbitos societales. Y, en segundo lugar, porque esta noción de fin de ciclo asociada a los destinos gubernamentales tiende a promover una visión de los cambios que entorpece su consideración en términos de procesos, iniciados en el pasado e incluso abiertos y no resueltos de manera definitiva hacia adelante, de una transición en curso y, en cierta medida, en disputa1.
El ejemplo más significativo de ello es la experiencia venezolana aún vigente, a pesar del despliegue de una guerra económica y multidimensional impulsada por el imperio y las burguesías locales que lleva, en su última fase, ya varios años; de las amenazas que oscilan entre la intervención extranjera directa y la desestructuración y descomposición socio-política interna, y de la propia crisis y límites del modelo rentista-burocrático. El despliegue de este combate del proyecto y pueblo bolivariano convoca no a lo prescripción de finales sino a la solidaridad atenta –incluso frente al peligro de una “guerra civil”- tanto como al análisis sin tapujos2.
“Aparta de mí ese cáliz”, escribía en 1937 el gran poeta peruano César Vallejo ante el escenario de la Guerra Civil española que tuvo un profundo impacto y repercusión en América Latina3. Años antes de eso, pero en un clima de época similar, Antonio Gramsci reclamaba doblemente el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad4. No se trata de un cliché de pura ingenuidad formal como se lo ha querido fosilizar, o de un consejo reconfortante al estilo de “al mal tiempo buena cara”, o de un juego de esquizofrenia política; sino de la estrecha y necesaria relación que para las perspectivas emancipatorias existe entre el examen sin contemplaciones de los procesos en curso5 y la intencionalidad de la intervención humana para enfrentarlos y modificarlos. Huelga agregar que en ambos planos también se trata de una construcción colectiva.
A este desafío se proponen aportar estas líneas con el sentido de poder delinear, sin pretensión de novedad, algunos de los puntos de referencia que configuran el campo del debate emancipatorio respecto de la actual coyuntura y las tendencias en progreso. Y, de aportar en este esfuerzo una mirada histórica más extendida que contribuya a la construcción de una perspectiva de más largo aliento. Para eso hemos dividido el presente artículo en tres partes relativas a las características de: a) el avance que registra la ofensiva neoliberal; b) los límites y crisis de los procesos de cambio; y c) el nuevo ciclo de conflictividad social. Comencemos entonces nuestro recorrido por el primero de ellos.

La significación de la ofensiva neoliberal: tres cuestiones en debate

Nuestra reflexión parte de las constataciones de los avances conquistados a nivel regional en los últimos años o meses por lo que podemos llamar genéricamente la ofensiva neoliberal. Pero ciertamente, es una obviedad resaltar que el proceso de neoliberalización capitalista es permanente desde sus primeros despliegues en el contexto de los años ´70; o, para decirlo en un sentido más amplio históricamente, que el capital en sus múltiples formas persigue constantemente incrementar su acumulación; o, como dice el sentido popular, que el afán de lucro no descansa. En esta dirección, la noción de ofensiva –o de sus avances- remite a un cambio en la tendencia que configuraba las correlaciones de fuerzas societales entre los diferentes sujetos sociopolíticos, clases y bloques sociales en la región. Así, si el levantamiento zapatista de 1994 marcó los comienzos del despertar regional de un ciclo de resistencias de los sujetos subalternos, de creciente conflictividad social cuestionadora del régimen neoliberal; y si a partir del 2000 estas resistencias se trocaron en crisis de hegemonía del neoliberalismo cristalizando muchas veces en cambios gubernamentales y en procesos de transformaciones sociales; ahora nos encontramos en un contexto inverso, de avance o revitalización de las fuerzas del neoliberalismo. El carácter de esta “ofensiva” planteó y plantea una serie de debates al pensamiento crítico que, en este caso sin pretensión de exhaustividad, sistematizamos en tres cuestiones.

1. La novedad, entre la restauración y la continuidad

En primer lugar, la ofensiva neoliberal ha sido considerada tanto como una pretensión de restauración de las políticas y regímenes impuestos en los años ´90 en la región así como, desde otra perspectiva, se han enfatizado las continuidades socioeconómicas más allá de los cambios político-gubernamentales e, incluso en algunos casos, confiado en los anunciados aspectos neodesarrollistas de los nuevos gobiernos de derecha. La estrategia de shock llevada adelante por el gobierno del presidente Macri en Argentina ha refutado en los hechos esta última apreciación6. Por otra parte, la idea de la restauración de los noventa, potente en la evocación de la memoria popular y el pensamiento crítico de los lineamientos y efectos de los procesos de liberalización y mercantilización, puede invisibilizar que dicho “Consenso de Washington” se impuso bajo los golpes de la doble crisis de la deuda externa y las hiperinflaciones –y particularmente de esta última- que construyeron las condiciones de la derrota, desarticulación y tolerancia social en un contexto internacional diferente7. Más allá de las actuales evocaciones del ineluctable fracaso económico de los populismos o de su matriz de corrupción e ineficiencia –discursos también promovidos en los años ´90- la derrota social que posibilitó las transformaciones neoliberales de dicha década no ha tenido aún lugar.
Finalmente, si el término neoliberalismo lo utilizamos para referir a una nueva fase capitalista que se despliega y extiende desde los años ’70 como la salida capitalista a la crisis –económica y de dominación- de esos años; dicho despliegue ha transitado por diferentes momentos, espacios y formas. De facto, frente a la crisis de hegemonía que cuestionó al régimen neoliberal en Latinoamérica en la primera mitad de los años 2000, la reconstrucción de legitimidad y poder para la continuidad de estas políticas en algunos países de la región adoptó la forma de lo que se ha llamado el “neoliberalismo de guerra” caracterizado por un proceso de mafiatización y militarización social y, simultáneamente, de reforzamiento de la capacidad punitiva del Estado, de promoción de un “Estado de excepción” complementario al funcionamiento de un “segundo estado” ilegal y mafioso (González Casanova, 2001; Seoane, 2008; Murillo, 2008; Segato, 2013). En un sentido similar, desde el pensamiento crítico se ha señalado la estrecha vinculación entre neoliberalismo y crisis, tanto en relación con el proceso contemporáneo de destrucción de las condiciones de existencia de amplias franjas de la población y la vida en general, como respecto del papel de las crisis en el arte de gobierno neoliberal y de la producción de una subjetividad que desintegra el lazo social en la recreación del “estado de naturaleza” hobbesiano (Murillo, 2015; Murillo y Algranati, 2012; Amin, 2001; Klein, 2007; Beinstein, 2014; Seoane, 2016) ¿En qué medida estos escenarios tiñen la ofensiva neoliberal actual? 8 Los avances en los acuerdos de Paz en Colombia parecen marchar en otra dirección, aunque los tambores de guerra en la Venezuela limítrofe –y el crecimiento de la represión y la criminalización social- relativicen su significación.
El debate, examen e identificación de las características de esta ofensiva; de su novedad, configurada entre la restauración y las continuidades; y de sus relaciones con el contexto internacional actual; resulta importante para abordar los desafíos que afrontan el pensamiento crítico y la acción transformadora.

2. Coerción y consentimiento, política y economía

En segundo lugar, reflexionar sobre las formas de esta ofensiva neoliberal interroga también sobre sus comienzos, sus formas, su desarrollo. En este sentido, en el terreno estatal-gubernamental el año 2009 condensa a nivel regional un punto de inflexión. El 15 de marzo de ese año ganó las elecciones presidenciales en El Salvador el Frente Farabundo Martí y casi tres meses después, el 28 de junio, resultó exitoso el golpe de estado en Honduras. El triunfo del FMLN marcó el máximo punto de expansión de la elección de gobiernos críticos del neoliberalismo en un proceso que ya había experimentado sus límites en el ciclo electoral del 20069. En contraposición, el golpe en Honduras señaló el comienzo del despliegue regional de estas estrategias de desestabilización y golpe que tuvieron en los años siguientes sus principales manifestaciones en Bolivia y Ecuador y en el exitoso golpe parlamentario en Paraguay en 2012. Acciones en las que se aunaban clases o fracciones de clase dominantes y estratos conservadores locales con corporaciones transnacionales y la intervención estadounidense y que tuvo en el redespliegue militar norteamericano a nivel regional de esos años uno de sus principales sostenes. Sin embargo esta primera fase de la ofensiva neoliberal -más asociada a las formas de la intervención militar, el golpe, la “guerra” o la coerción- sólo resultó efectiva en los “eslabones más débiles” de los procesos de cambio sin conseguir alterar drásticamente el contexto regional.
Esta primera fase de la ofensiva neoliberal cobró cuerpo en el contexto de la emergencia de un nuevo episodio de crisis económica de proyección global pero con epicentro en el viejo núcleo del capitalismo central y posterior al cambio de política del establihsment estadounidense simbolizado en el pasaje de Bush a Obama. Y no es una novedad -como han señalado desde los clásicos del pensamiento crítico hasta el debate contemporáneo- que las crisis capitalistas (y sus intentos de gestión) conllevan un reforzamiento de las políticas imperiales y de ofensiva del capital (Harvey, 2004) El procesamiento del primer momento de la crisis supuso entonces, junto a la recesión y rescates públicos de la banca privada en EE.UU. y Europa, la ofensiva neoliberal en la región y el desplazamiento de los flujos de capitales a los commodities con el consecuente acelerado incremento de sus precios. En este contexto, el crecimiento económico de China, los BRICS y el Sur del Mundo sostuvieron la economía global. Pero a partir del 2012 el procesamiento regional de la crisis cambió, la economía estadounidense `comenzó a recuperarse relativamente, los flujos especulativos se reorientaron hacia el Norte, los precios de los commodities comenzaron a descender, la crisis como caída del crecimiento económico se desplazó al Sur y a los BRICS.
Un nuevo periodo de la ofensiva neoliberal en la región comenzó entonces, asociado a la creciente desaceleración e inestabilidad económica. Sus efectos a partir del 2011 y 2012 comenzaron a incrementar las tensiones en las coaliciones sociales sobre las que se sostenían los procesos de cambio –particularmente los gobiernos neodesarrollistas- y exasperó la acción de los poderes económicos y las capas privilegiadas –reconfigurando sus equilibrios y acuerdos- y abriendo posteriormente un escenario de crisis de hegemonía del posneoliberalismo. No se trató, ni se trata, del resultado de una dinámica económica objetiva y natural, sino –de manera más mediada o más directa10- de un proceso y terreno propio de la acción de las clases y fracciones dominantes y de los poderes globales. La eficacia de las crisis económicas en la construcción de las condiciones sociales del proceso de neoliberalización capitalista registra antecedentes claros en la historia latinoamericana de fines de los años `80 y principios de los `90, como ya hemos mencionado. En esta dirección puede leerse la profundidad de la recesión brasileña –según los datos recientes la más significativa de los últimos 25 años- y venezolana –que junto al desabastecimiento promueve, y persigue en la acción de diferentes actores, las condiciones de una implosión social. Aunque, es necesario recordar también que las crisis económicas pueden desembocar asimismo en la potenciación y expansión de la acción y conflictividad de los sujetos subalternos, como sucedió en Nuestra América entre fines de los años `90 y principios de los 2000.

3. Neoliberalismo, construcción de subjetividad y movilización colectiva

Por otra parte, en este contexto de retracción y caída económica que hemos descripto, la ofensiva neoliberal demostró también su capacidad en la constitución de sujetos colectivos que incluso se conformaron como protagonistas de protestas y movilizaciones rivalizando, disputando y colonizando simbólicamente las prácticas de los movimientos sociales de raigambre popular que ocuparon las calles en el período de resistencias y cuestionamientos al régimen neoliberal. Ciertamente, la emergencia de estos sujetos vinculados a los intereses de sectores dominantes no es una novedad en la historia latinoamericana –habían tenido relevancia tanto en la disputa por el control de la industrialización sustitutiva frente a los regímenes nacional-populares y, luego incluso, frente a los procesos de radicalización y cambio social de los años `60 y `70. Sin embargo, la construcción del neoliberalismo en el periodo posterior y, claramente en los años `90, pareció asentarse en el compromiso entre los grupos dominantes de no convocar a otros sujetos sociales para dirimir sus diferencias. La explosión de las resistencias y movimientos sociales de los sujetos subalternos asediando la ciudadela neoliberal rompió ese consenso y, en un ciclo de ensayo y error progresivo11, comenzaron a aparecer en la escena pública movilizaciones y acciones de protesta con gran protagonismo de sectores medios pero también con capacidad de interpelación de otros sectores sociales que, frente a los procesos de cambio, se constituían en clave ciudadana liberal, reclamaban su condición apolítica como garantía de ser expresión legítima de la sociedad civil, planteaban una programática contra la corrupción, la inseguridad, la delincuencia, y el autoritarismo gubernamental-estatal y, en sus formas más violentas, se inscribían en procesos de fascistización social que pretendían servir como ariete del “golpe suave”. La construcción de estos sujetos, emergidos con similares características en diferentes países de la región, supuso el despliegue de un conjunto de dispositivos y tecnologías de gobierno, de saberes y prácticas, promovidas y difundidas por diferentes agencias estadounidenses y experimentadas también en otros continentes bajo las llamadas “revoluciones de los colores”.
En este caso, la acción regional de organizaciones tales como la USAID (United States Agency for International Development) y el NED (National Endowment for Democracy), el modelo de “onegeización” de la sociedad civil y de su empoderamiento, el uso de las redes sociales, el papel cumplido por las cadenas o grupos multimedia privados, configuraron parte importante de la matriz de constitución de estos movimientos y sujetos colectivos. Sobre ello se han señalado los límites y dificultades que tuvieron los gobiernos no neoliberales de la región para comprender estos procesos e intervenir eficazmente sobre los mismos, particularmente en referencia a los medios de comunicación y las tecnologías de la información y la comunicación (Morales, 2016; García Linera, 2016) Aún con los avances registrados en los años pasados, está pendiente aún a nivel regional una transformación efectiva de la comunicación y del uso y desarrollo de las nuevas tecnologías orientada bajo los objetivos de la democratización, la participación y la soberanía popular. Se ha señalado también la importancia de no sobreestimar el papel de los medios y las redes, en el sentido de que no sirva a ocultar el “cúmulo de otros factores intervinientes” (Boron, 2016) Por otra parte, la problemática de los medios y las redes desde la perspectiva emancipatoria no se restringe a una cuestión regulatoria técnica, legal o público-estatal sino que, en la medida que una comunicación alternativa sólo puede constituirse y construirse en el marco del despliegue de una práctica social alternativa, se trata de una cuestión esencialmente política, en el sentido del ejercicio y desenvolvimiento del hacer colectivo y la autoactividad de los sujetos subalternos. Este caso particular apunta así también en una dirección más amplia, a la importancia que guarda para los procesos de transformación social el fortalecimiento de las prácticas y subjetivaciones políticas de los sujetos subalternos y de los límites que para ello plantea la estatalización y mediatización liberal de su acción. Examinemos estas cuestiones con mayor detenimiento entonces.

De los límites endógenos a la crisis de hegemonía de los procesos de cambio: la significación del golpe de timón

Hemos señalado en otras ocasiones que, a diferencia de lo que a veces se piensa, la crisis de hegemonía del neoliberalismo en la primera mitad de los años 2000 no se tradujo inevitablemente en cambios posneoliberales en toda la región. En algunos países las resistencias fueron derrotadas, los cambios se restringieron al interior de la élite política, y se constituyó lo que ya referimos como neoliberalismo de guerra. Con sus diferencias, lo sucedido en México, Colombia o Perú es ejemplo de ello.
Por otra parte, donde se experimentaron políticas y transformaciones del régimen neoliberal, las mismas adoptaron distinta intensidad, características y radicalidad según los países e, incluso, los períodos; inscribiéndose a grandes rasgos entre dos grandes proyectos: el del neodesarrollismo y el del nuevo socialismo –llamado del siglo XXI o comunitario.

1. Del post-neoliberalismo al post-capitalismo

Con las diferencias sustantivas que pueden señalarse entre ambos proyectos, en la historia reciente los procesos de cambio pos neoliberal en la región afrontaron una serie de limitaciones endógenas, tensiones internas que se convirtieron, progresivamente, en muchos casos, en contradicciones abiertas. El balance que Hugo Chávez hacía sobre ello respecto de la revolución bolivariana en 2012, sin duda uno de los procesos más transformadores, radicales e inspiradores en Nuestra América reciente, resulta un ejemplo y lección mucho más válido incluso para otras experiencias nacionales donde las transformaciones posneoliberales fueron mucho más modestas o restringidas. En relación con ello, en el programa que acompañó la última campaña electoral de Chávez –el llamado “Plan de la Patria”-, en ese año que, ya enfermo, ganara finalmente las presidenciales en octubre con el 56% de los votos se señalaba con claridad: “no nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista”; y se afirmaba la importancia de avanzar: “hacia una radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso, pero sin aminorar el ritmo de avance hacia el socialismo”, de “acelerar el cambio del sistema económico, trascendiendo el modelo rentista petrolero capitalista al modelo económico productivo socialista”; y la necesidad de “un poder popular capaz de desarticular las tramas de opresión, explotación y dominación que subsisten en la sociedad venezolana, capaz de configurar una nueva socialidad desde la vida cotidiana donde la fraternidad y la solidaridad corran parejas con la emergencia permanente de nuevos modos de planificar y producir la vida material de nuestro pueblo”, y de “pulverizar completamente la forma de Estado burguesa que heredamos, la que aún se reproduce a través de sus viejas y nefastas prácticas, y darle continuidad a la invención de nuevas formas de gestión política” (Chávez, 2012). Transformación de las relaciones sociales capitalistas; superación del modelo extractivo exportador (rentista petrolero en el caso venezolano); desmantelamiento de la maquinaria estatal burguesa y construcción de formas comunitarias y participativas de gestión de lo público-político y de la economía (por ejemplo, la construcción comunal); potenciación de prácticas colectivas desarticuladoras de las tramas sociales de opresión y explotación; una serie de señalamientos que se han vuelto a mencionar en muchos de los balances y reflexiones sobre las limitaciones y falencias propias de los gobiernos no neoliberales que contribuyeron a mantener o profundizar rasgos de la estructura social propios de la razón neoliberal y que posibilitaron luego el avance de la ofensiva neoliberal.
Frente a estos desafíos, en la primera reunión del consejo de ministros ya como presidente electo Chávez planteó la necesidad del golpe de timón para motorizar estos cambios en la transición al socialismo. No se trata de hacer una exégesis del presidente bolivariano, cuyas decisiones y pensamientos no están ajenos al debate y la crítica, sino recordar que ya en 2012, cuando todavía los bonos venezolanos se disparaban y PDVSA aparecía como la segunda empresa dentro de las 500 más grandes de América Latina y una de las grandes del mundo (Chávez Frías, 2012), uno de los referentes más lúcidos en la construcción de Nuestra América planteaba este balance crudo sobre los límites y desafíos pendientes en el cambio social. En el examen de estas horas, en similar dirección, François Houtart, entre otros, ha señalado que el desafío fundamental, en particular para los países que más despertaron expectativas de cambio, sigue siendo la definición de caminos de transición profunda hacia un nuevo paradigma civilizatorio poscapitalista (Houtart, 2015; Gaudichaud, 2015) La experiencia de los últimos años –o, si se prefiere, de esta década y media de cambios- es suficientemente indicativa sobre ello. No resulta suficiente el control político “progresista” del orden económico capitalista, en particular, del modelo extractivo exportador; ni la promoción de una matriz más justa en la distribución de la riqueza generada que reproduzca y amplíe simultáneamente dicha matriz. Veamos.

2. Extractivismo y distribución del ingreso

El nuevo contexto económico mundial que se abre a partir del 2012, con el cambio en el procesamiento regional de la crisis y la caída sistemática del precio de los commodities, habrá de transformas estos límites en pérdida de hegemonía, las tensiones en contradicciones, las disputas en confrontaciones abiertas.
Particularmente, el modelo extractivo exportador, motor del extraordinario período de crecimiento económico regional entre 2003 y 2007, mostró no sólo las dimensiones del saqueo y la devastación ambiental que lo caracterizan desde sus comienzos sino también su profundo carácter dependiente e inestable sometido como está estructuralmente a los flujos especulativos que fijan centralmente los precios internacionales de estos bienes en los mercados globales a futuro. Es más que evidente hoy, en base a esta experiencia histórica reciente, que no puede considerarse un proyecto de cambio social en la región que no aborde centralmente la construcción de los caminos de salida del extractivismo latinoamericano. Por el contrario, en muchas de las experiencias de cambio no neoliberal en América Latina se promovió la expansión del extractivismo como fuente del crecimiento y de los ingresos para las políticas públicas, incluso contribuyendo a fortalecer económicamente a las fracciones dominantes de esas actividades, las cuales, llegada la crisis, reclamaron con mayor fuerza la “devolución” del ejercicio del poder estatal.
En este sentido, la construcción de una transición post-extractivista requiere romper con la dicotomía que opone la respuesta a lo social frente a la cuestión ambiental, desde un paradigma emancipatorio que articule ambas dimensiones, que se aleje progresivamente de la explotación intensiva de los bienes naturales bajo control trasnacional y orientado a la exportación, para avanzar en la defensa y mejora de las condiciones de existencia y la soberanía efectiva de los sujetos subalternos. No es cierto que ello sea una ilusión imposible, las programáticas planteadas por los propios movimientos sociales a lo largo y ancho de Nuestra América ofrecen ya un plan para iniciar esa transición (hemos desarrollado esta cuestión en Seoane, 2011 y Seoane, Taddei y Algranati, 2013)
Hoy más que ayer bajo la amenaza global de extinción de la vida que despliega el cambio climático neoliberal-capitalista, el horizonte emancipatorio se alimenta en la misma medida de las dimensiones sociales y ecológicas.
Por otra parte, la desaceleración o caída de las economías latinoamericanas a partir de 2012, luego de los años de crecimiento -más significativo hasta 2007, menor después de ahí-, reabrió o intensificó las tensiones sociales y volvió ya definitivamente inconciliable las mejoras en ganancias, ingresos y consumo de los sujetos dominantes (o algunas de sus fracciones) y subalternos. El ascenso socioeconómico de franjas significativas de la población –eso que se ha llamado la “nueva clase media” latinoamericana- enfrentada a restricciones no podía sino traducirse en malestar y constituirse en un sujeto disponible para la interpelación ideológica de las fracciones dominantes que demandaban un cambio. En este sentido, se ha señalado que “si esta ampliación de capacidad de consumo, si esta ampliación de la capacidad de justicia social no viene acompañada con politización social, no estamos ganando el sentido común. Habremos creado una nueva clase media, con capacidad de consumo, con capacidad de satisfacción, pero portadora del viejo sentido común conservador” (García Linera, 2016: 9) La importancia de esta batalla cultural e ideológica, de la formación y debate político, ha sido destacada también en varias oportunidades (Boron, 2016; Arkonada, 2015a). Por otra parte, esta necesaria politización de los procesos de distribución del ingreso no sólo implica la efectividad y profundidad de estos procesos que no pueden desarrollarse sin conflictos y rupturas sino también de una transformación en los propios patrones de consumo y de bienestar y, consecuentemente, de producción y tecnológicos.

3. Del golpe económico a la crisis de hegemonía

Finalmente, el examen de la historia regional reciente muestra que en el contexto de caída del crecimiento económico a partir de 2012, en muchos casos los gobiernos no neoliberales, más que el golpe de timón, adoptaron una orientación económica orientada hacia un ajuste “suave” o “fino” haciendo un uso creciente del arsenal de la ortodoxia neoliberal para la confección de las políticas públicas.
Posiblemente, el ejemplo más claro y dramático de este proceso es la experiencia brasileña, y particularmente, la gestión de Dilma Rousseff. En el periodo más próximo, sus límites para responder a las demandas planteadas por las movilizaciones y conflictos del 2013 y las fallidas promesas de reforma política, sanitaria y educativa, posibilitaron que el malestar social pudiera ser capitalizado en las elecciones de fines de 2014 en gran parte por las fuerzas más conservadoras que ampliaron su presencia parlamentaria y condicionaron la ajustada victoria presidencial del PT. Posteriormente, la designación como Ministro de Hacienda del economista ortodoxo Joaquim Levy, proveniente del sector financiero y apodado “manos de tijera” por su compromiso con el recorte del gasto público, y de Katia Abreu, representante del agronegocio, al frente del Ministerio de Agricultura, Pecuaria y Abastecimiento, entre otros, mostraron la decisión gubernamental de afrontar la crisis económica con mayores concesiones al pensamiento neoliberal y los grupos dominantes. Los resultados de ello están a la vista. La crisis económica se potenció, el rumbo elegido deterioró más las propias bases electorales del gobierno del PT, y la crisis política se profundizó. En este escenario se construyeron las fuerzas que hicieron posible el golpe de estado parlamentario que desplazó a Dilma Rousseff. Años atrás, en el marco de la hiperinflación de fines de los años `80 que consumió al gobierno de Alfonsín en Argentina, un ministro de economía de su gobierno acuño la frase “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”, que podría evocarse trágicamente en estos hechos. Desde el presente, en similar dirección, García Linera reconoce que “algunos de los gobiernos progresistas y revolucionarios han adoptado medidas que han afectado al bloque social revolucionario, potenciando al bloque conservador” y advierte que “…gobernar para todos no significa entregar los recursos o tomar decisiones que por satisfacer a todos, debiliten tu base social que te dio vida, que te da sustento y que serán, al fin y al cabo, los únicos que saldrán a las calles cuando las cosas se ponen difíciles…Cuando se hace eso, creyendo que se va a ganar el apoyo de la derecha, o que va a neutralizarla, se cometió un error, porque la derecha nunca es leal, nunca va a ser legal” (García Linera, 2016: 11) Estos señalamientos constituyen parte de un balance crítico necesario de la experiencia de los gobiernos no neoliberales pero también de una enseñanza que es necesario no perder de vista.

El nuevo ciclo de conflictividad sociopolítica: características e interrogantes

El estudio de la conflictividad social ha ocupado históricamente un lugar principal en la atención del pensamiento crítico. Hemos señalado ya el ciclo de luchas sociales y emergencia de sujetos colectivos desplegados a lo largo de la segunda mitad de los años `90 y que, en la primera mitad de la década siguiente, puso en muchos de nuestros países en cuestionamiento la hegemonía neoliberal. Desde esta perspectiva, consideramos un ciclo de conflictividad social no sólo como un proceso de crecimiento socio-espacial e intensificación de los conflictos sociales sino también por la existencia de un conjunto de características comunes que lo identifican, particularmente en relación con los sujetos (la constitución subjetiva), sus prácticas y programáticas (Marx, 2008; Gramsci, 1999; Seoane, 2014)
En este sentido, en el análisis del nuevo contexto regional que se planteó a partir del 2009 y, particularmente, en relación con lo que hemos llamado como una verdadera “ofensiva extractivista” puede identificarse un nuevo ciclo de conflictividad de proyección regional que emerge ante la expansión e intensificación que anima a los emprendimientos y actividades económicas extractivo exportadores (la megaminería a cielo abierto, la explotación hidrocarburífera, los hidrocarburos no convencionales, los monocultivos forestales y las pasteras, los cultivos transgénicos y el agronegocio, etc.) y las obras de infraestructura (energéticas y de transporte) que los acompañan. Hemos analizado algunas de las características de este ciclo y sus límites en el terreno de su proyección nacional y regional en contribuciones anteriores (Seoane y Algranati, 2012) El levantamiento indígena amazónico en el Perú y la masacre de Bagua que desencadenó la política de Alan García se constituyeron en un símbolo regional de esta ofensiva y de las resistencias que la confrontaron, particularmente en los avances sobre la selva amazónica sudamericana y los pueblos que la habitan.

1. Los cambios en la conflictividad social posterior al 2012

El nuevo contexto económico regional abierto a partir de 2012 que ya analizamos planteó un nuevo momento de la conflictividad social. La desaceleración o crisis económica incrementó las tensiones y malestares sociales en el mundo urbano y del trabajo y en otros sectores sociales, complejos procesos atravesaron la subjetividad de los sectores populares perdida la estabilidad económica y política del periodo anterior. Todo ello también redundó en el despliegue de un nuevo ciclo de conflictividad social a nivel regional más amplio, diverso y significativo aunque heterogéneo, en algunos casos fragmentado, a veces convergente y, en otros casos, sólo simultáneo, a las resistencias y movimientos surgidos frente al extractivismo. El ejemplo más evidente fueron los procesos de lucha experimentados en Chile y Colombia en esos años y que luego de una ralentización en el marco de los contextos eleccionarios de 2013 y 2014 se reactivaron en el periodo reciente.
Sobre ello, es conocido la emergencia, constitución y despliegue de un movimiento nacional por la educación pública en Chile entre 2011 y 2013 que tuvo en los jóvenes universitarios y secundarios su actor central pero que se amplió y convocó a profesores, padres y a otros sectores sociales hasta convertir su demanda en un reclamo nacional. Pero tal vez es menos reconocido en ese período el incremento del conflicto del pueblo mapuche en el sur, o la protesta y movilización regional pero con proyección nacional contra la construcción de las represas en Aysén, o la emergencia e intensificación de las luchas obreras (de los trabajadores portuarios, en el cobre, en el sector minero, de la industria forestal) que tuvo en la jornada de paro nacional de julio de 2013 “la convocatoria más grande realizada por una organización de la clase trabajadora desde el fin de la dictadura” (Aguiar, 2014) Las movilizaciones, conflictividad y acción de los sujetos subalternos en ese período en Chile fueron tan significativas que fueron consideradas como “el despertar de los movimientos sociales”, el del “desplazamiento de la política a las calles”, y el del final de la eficacia del terror (Aguiar, 2013a; Urra Rossi, 2012; Ouviña, 2012; Gaudichaud, 2014) En el terreno político estas luchas conllevaron la derrota del experimento “Piñera” –con significativos parecidos al del PRO y el gobierno de Macri-, la descomposición de las fuerzas de derecha en las elecciones de 2013 y la elección nuevamente de Bachelet ahora en el marco de una nueva coalición llamada Nueva Mayoría.
Por otra parte, el proceso en Colombia comenzó en 2013 en el contexto de la apertura de las negociaciones de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC, que para los sectores dominantes perseguían mejorar las condiciones para la inversión extranjera y el clima de negocios pero que inesperadamente abrió un ciclo de luchas significativas con los paros nacionales agrarios y populares. En este proceso, desde las primeras protestas de caficultores y agricultores en general –vinculados a la caída de los precios internacionales y las consecuencias del TLC con EE.UU.- la protesta creció en el ámbito rural y urbano, en la zona del pacífico y del atlántico hasta la realización del primer paro agrario y popular de agosto-septiembre de 2014 y la conformación luego de la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular que agrupó y agrupa a un conjunto diverso de organizaciones y sujetos sociales donde conviven las dos plataformas sociopolíticas más importantes de dicho país (la Marcha Patriótica y el Congreso de los Pueblos), con las principales organizaciones campesinas, indígenas, estudiantiles, populares y de los pueblos afros. Dicha intensidad y amplitud de la conflictividad social en Colombia en el año 2014 ha sido incluso considerada “un verdadero auge de luchas” y “un revivir de la lucha de clases” (Dorado, 2014; Archila, García, Parra y Restrepo, 2014) así como, en términos cuantitativos, el 2013 registró la mayor cantidad de hechos de protesta desde 1975, según el trabajo de seguimiento de los conflictos que realiza el CINEP desde los años ´70 (CINEP, 2014)
De esta manera, en el contexto del incremento de las tensiones y la crisis de los gobiernos no neoliberales, en otros países donde la ruptura con el régimen neoliberal no se había producido, por ejemplo en Chile y Colombia, tenía lugar un ciclo de intensa conflictividad social. Sin la significación de lo acontecido en estos casos y bajo el despliegue cruento del neoliberalismo de guerra12, incluso en México pueden identificarse importantes hechos de movilización y conflictividad; desde la reaparición pública del zapatismo en 2012 ante los comienzos del nuevo gobierno de Peña Nieto, las resistencias frente a la reforma (privatización) petrolera (de PEMEX) desde 2013, las movilizaciones frente a la represión y desapariciones de los normalistas en Ayotzinapa en 2014 y 2015 que desenmascararon a nivel nacional e internacional la estrecha comunión entre la clase política, las fuerzas de seguridad y los grupos de la economía ilegal en el control terrorista de la población; y más recientemente pero con varios años de historia la lucha de los maestros (particularmente de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) contra la reforma educativa y que tuvo en las protestas y represión recientes en Oaxaca uno de sus acontecimientos más conocidos.

2. La conflictividad social en los procesos de cambio

Estos procesos de crecimiento de la conflictividad y de la acción de los sujetos subalternos no son una excepcionalidad de los países donde las recetas neoliberales más duras siguieron vigentes en estos años, también bajo los gobiernos no neoliberales se desplegaron experiencias similares. Por ejemplo, en Brasil las llamadas “jornadas de junio” de 2013 iniciadas con las movilizaciones juveniles por el boleto gratuito (pase libre) en San Pablo y proyectadas nacionalmente luego a todos los grandes centros urbanos tras la represión que intentó conjurar estas primeras demostraciones, ha sido comparadas, por su masividad, con la Campaña por el impeachment de Collor de Mello de 1992 y la recordada Campaña por las elecciones directas (Diretas Ya!) de 1985 frente a la dictadura militar (Antunes, 2013) e, incluso, como un regreso del movimiento de masas que había desaparecido de la escena política desde 1989 (Singer, 2013) Ciertamente heterogéneas y disputadas por los sectores más conservadores y fascistas en el rechazo a Dilma Rousseff y el PT, pero que impulsaron también la primera huelga nacional al gobierno del PT organizada por las ocho centrales sindicales en julio13; las “jornadas de junio” no fueron un “rayo solitario en cielo sereno” sino que se inscribieron en un proceso más amplio de crecimiento de la conflictividad social (Antunes, 2013). En este sentido, desde el 2011 puede apreciarse en Brasil un crecimiento de la conflictividad social de diferentes sectores sociales; por ejemplo, los conflictos en el campo que se incrementaron, en términos cuantitativos, casi un 15% respecto del año anterior aún sin alcanzar las dimensiones que tuvieron entre 2003 y 2007 (CPT, 2013). Pero más significativo aún resultó el crecimiento de la conflictividad sindical urbana14; considerando por ejemplo que el número de huelgas creció casi un 25% en este periodo aunque de carácter particular y fragmentado (Leher, 2012; DIESSE, 2013) Esta tendencia se mantuvo y acentuó en 201215 cuando, por ejemplo, las horas de paro fueron un 75% más que en 2011 alcanzando un pico histórico apenas inferior al de los años 1989 y 1990, y la cantidad de huelgas resultó un 57% mayor, el número más importante desde 1997 (DIESSE, 2013).

3. Debates e interrogantes

En esta dirección, podríamos mencionar y examinar otras experiencias de lucha en otros países de la región en esos años. Sin ninguna pretensión de linealidad ni determinismo, con sus ascensos y descensos, sus heterogeneidades, fragmentaciones y convergencias, esas experiencias de movilización de sujetos subalternos siguen vigentes o se prolongan hasta la actualidad en lo que puede considerarse aún un mismo ciclo de conflictividad social. Por otra parte, los avances de la ofensiva neoliberal, particularmente en los países donde conquistó el control del aparato del Estado, ha supuesto también nuevos procesos de activación de los sujetos subalternos y de conflictividad social. El mejor ejemplo de ello es, tal vez, el escenario social en Argentina de este último semestre cruzado por conflictos sindicales, sociales y territoriales, desde las movilizaciones frente a los despidos y ajustes en el sector público –especialmente en el primer tercio del año-; los conflictos sindicales en el marco de las negociaciones salariales anuales y de las organizaciones territoriales contra los recortes de las políticas sociales -entre el primer y segundo trimestre-; hasta los cacerolazos o “ruidazos” en las principales ciudades del país frente al alza de tarifas –en el final del segundo trimestre. En su diversidad, estas acciones -aún en la forma local, sectorial o discontinua que a veces asumieron- constituyen un arco de resistencias frente al shock concentrador del ingreso promovido a nivel gubernamental y sus consecuencias.
Ciertamente, se trata en la mayoría de los casos a nivel regional de luchas defensivas y, muchas veces, de resistencia; y esto es una característica del periodo. Si parte del debate emancipatorio se centró en el pasado inmediato en las alternativas y horizontes de cambio, es evidente que la coyuntura actual plantea abordar esta misma discusión desde el desafío de la construcción de sujetos y fuerzas en un contexto adverso, como lo era ya para muchos movimientos y conflictos. Pero ello no significa que estos conflictos resulten inevitablemente derrotados en sus objetivos inmediatos o en su contribución a un proceso de acumulación de fuerzas de más largo aliento. Frente al ciclo de luchas regionales que cuestionó primero y conmovió después la hegemonía neoliberal, la renovación y debate del pensamiento crítico latinoamericano se centró en la interpretación (histórica y teórica) de la novedad de la constitución movimientista de los sujetos subalternos. Las discusiones sobre los sujetos protagonistas de dichas luchas así como sobre sus prácticas y programáticas ocupó un lugar central en la producción del pensamiento crítico. En ese momento, la importancia alcanzada por los movimientos indígenas, territoriales, comunales, los constituidos desde su desposesión (los llamados “movimientos sin”) en contraposición a la pérdida de centralidad política de la forma sindical y del movimiento obrero implicó una discusión teórica y política sobre la interpretación de esta novedad que se formuló a veces desde la falaz oposición entre viejos y nuevos movimientos, o entre la valoración de la identidad cultural-simbólica enfrentada a la determinación de clase (examinamos estas cuestiones en Seoane, Taddei y Algranati, 2008). En la actualidad, este debate vuelve a emerger entre los que realzan los cambios en la configuración de los sujetos subalternos de la última década y asimilan el escenario actual más a las fuerzas que operaban antes de la profundización neoliberal y aquellos que enfatizan la continuidad de las transformaciones estructurales y resaltan el lugar que el territorio y la forma comunidad cumplen en la constitución subalterna y las resistencias. Más significativo aún, considerando la experiencia de los años ´90, puede resultar el examen de las experiencias de emergencia de la acción colectiva de los sujetos subalternos, los procesos de activación social y expansión del asociativismo y la solidaridad en sus múltiples dimensiones, y la relación que en estos procesos aparece entre lo que suele llamarse espontaneísmo y organización o, para pensarlo desde otra perspectiva más precisa, de la emergencia de nuevas prácticas colectivas y de renovación-reinvención organizativa. En este orden también, otra de las cuestiones importantes apunta al examen de las formas de lucha y organizativas referidas a los procesos de construcción de las convergencias y articulaciones multisectoriales y las relaciones que en la conflictividad y constitución subjetiva subalterna se plantea y despliega entre lo local y lo nacional; y entre lo particular-corporativo y lo político general. Esta última cuestión refiere también a la dinámica que puede establecerse entre el crecimiento de la conflictividad de los sujetos subalternos y la posibilidad del despliegue de nuevo procesos de radicalización ideológica. Y, en ese mismo orden, también en el examen de las relaciones entre estos movimientos, el Estado y la producción de lo común-comunitario más allá del Estado. Finalmente, este último aspecto interroga también sobre las formas, tiempos y características del ciclo de resistencias, en el debate sobre su capacidad de abrir procesos de cuestionamiento social más amplios o de acumulación de fuerzas de más largo aliento. Estas problemáticas e interrogantes, y ciertamente otros más que por cuestiones de espacio quedan fuera de mención, constituyen una agenda de los debates que las luchas sociales actuales le plantean al pensamiento crítico y la acción transformadora.

Los desafíos presentes de la emancipación, entre el pasado y el futuro

A lo largo de esta contribución hemos propuesto un examen de los interrogantes que afrontan los movimientos populares en Nuestra América a partir del análisis de tres procesos simultáneos, contrapuestos y tendenciales: la ofensiva neoliberal; la crisis de hegemonía de los gobiernos y proyectos de cambio y el nuevo ciclo de luchas de los sujetos subalternos. Y en esta consideración hemos propuesto una mirada que recorta un período de tiempo extendido iniciado entre 2011 y 2012 y que se proyecta como horizonte más allá de la coyuntura. Desde esta perspectiva, el debate sobre los desafíos del presente se formula siempre interrogando al pasado, para mirar hacia adelante.
Sobre estas preguntas, en su obra “El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte” Carlos Marx, reformulando una vez más a Hegel, señala que la historia no se repite; que su evocación en la interpretación del presente opera en realidad como encubridora de las novedades que distinguen la actualidad (Marx, 2008). Coincidiendo con ello, Gramsci, por otra parte, enfatiza otra dimensión del pensamiento marxiano alrededor de la importancia de la discusión, el examen y la interpretación del pasado como campo en el que se constituyen las condicionalidades “objetivas” claves para responder a los desafíos del presente, entendiendo a éste como disputa y posibilidad de cambio (Gramsci, 1991). Walter Benjamin aporta, en este diálogo imaginario, una nueva dimensión, donde el pasado aparece como el adueñarse de un recuerdo convertido en un relámpago, una evocación-invención que relumbra e ilumina frente al momento de peligro, que enciende la chispa de la esperanza (Benjamín, 2006). Entre estos pasados y presentes se enhebran los futuros emancipatorios en Nuestra América.

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